Y sobre lo otro (en el post "que fluya"), así como hay gente que vive atrapada en cuerpos que siente como prisiones, las hay quienes viven presas de los prejuicios sociales.
Cintia era una niña feliz que caminaba por el malecón de San Bartolo imaginando ser una niña feliz veraneando en San Bartolo.
Pero no. Tras un breve trajinar, siempre lo mismo: volver a casa a servir el lonche a los patrones y a cruzarse con la extraña mirada de su madre siempre cansada de todo, menos de regañarle.
No conoció a su padre, pero sí al jefe de su madre la adolescente Cintia.
El destino luego llevó a madre e hija a Lima. Y mientras la primera se recluía en los quehaceres tediosos de una polvorienta quinta clasemediera de Jesús María, la segunda huía del oprobio mimetizándose con seres de todas las sangres en la Universidad de San Marcos.
La Ciudad y los patrones la acorralaban, frente a ello, nuestra protagonista resolvió estudiar Geografía para un día irse muy lejos. Mientras tanto, el sexo fué su gran refugio.
Cintia agacha la cabeza, muerde la nada y se pregunta pregunta porque Frank no la llama, porque Frank no regala, porque Frank no habla de su pasado, porque Frank no la toma de la mano, ni la presenta a su familia.
Frank la besa con presuroso apasionamiento y ella prefiere callar.
Un día no puede más y estalla en casa de Ale, llora, le cuenta lo mucho que sufre con él.
Entre lágrimas y palabras comunes, su amiga le comenta que conoce alguien que lee el Tarot. De algo podría servir.
Y bueno pues, así es como entramos nosotros en esta historia hace ya más de un mes. Con una lectura de Tarot.
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