Semidesnudo y aún sudoso, Miguel ronca levemente en la cama.
Claudia lo observa pensativa y confundida.
“¿Es este el hombre por el que alguna vez lo dejé todo atrás”?.
Sí, es él. O mejor dicho: lo era.
Pero eso fue seis años atrás, cuando él tenía que concretar de una buena vez aquél viaje de estudios a Europa que doce meses había postergado por estar al lado de Clau.
“Entonces era una adolescente, una irresponsable”. Se reprocha a sí, en sus devaneos mentales.
“Una tonta que abandonó su carrera por seguir al que creía el hombre de su vida”. Remata en voz baja.
Miguel cambia de posición constantemente mientras duerme. Claudia sonríe con una renovada dulzura ante la remembranza de los años pasados.
Entonces recuerda las discusiones, cada vez más amargas y cotidianas en la pequeña habitación que compartían en aquél Paris que en poco o nada se parecía al de las postales.
Claudia hace una mueca involuntaria y súbitamente suspira de alivio al realizar que finalmente tomó la decision correcta: dejarle allá en esas tierras lejanas, retornar a Lima, concluir la educación superior y abrir su tan soñado consultorio de psicóloga infantil.
“Y de pronto un día vuelve Miguel ¿te imaginas? ¿qué harías?”. Le había dicho tan solo dos semanas atrás Amanda en una de sus interminables charlas de domingo por la tarde.
“Mira que serás vidente, Amanda, que a Miguel me lo encontré en Larcomar ayer… no, no… no ha regresado a vivir, está sólo de visita por Lima”. Le dijo esta mañana a su amiga por el teléfono. No le confesó entonces que al verlo sintió de súbito el fuego de la pasión atravesándola de cuerpo entero.
¿Cómo le iba contar a Amanda que acababa de acostarse con Miguel, aquí, en este clasemediero hotel de Barranco?. ¿Cómo después de jurar y rejurar que jamás de los jamases volvería siquiera a dirigirle la palabra?.
Miguel ronca suavemente, Claudia no puede contener el movimiento de su mano acariciándole sus cabellos despeinados.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario