martes, 16 de diciembre de 2008

Delatora

Siente el sofoco de las primeras noches de un largo verano. Le es difícil dormir. Miente. Se esconde de los amigos. Está de mal humor. Apenas se reconoce en el espejo.

Súbitamente oye por la ventana a un vecino tocar el piano esa canción. Justo esa canción. "¿Acaso habremos dos devotos de Tom Jobim en este edificio? Se pregunta.

Entonces se sorprende a sí misma sonriendo incipientemente.

Recuerda las palabras que ante un trance desdichado, con voz cordial y a la vez solemne, le dijo su padre una vez.

"Niña, en la vida pasarás buenos momentos y tragos amargos, pero mientras esos ojos color miel ¡los más bellos en este planeta!... mientras estos ojitos sigan brillando, nunca, pero nunca olvides que tienes una Misión y que debes ser feliz por ella, recuérdalo siempre."

Suspira.

Se da un baño de agua fría para refrescar la medianoche ardiente.

Mas tarde querrá coger el teléfono, pero para entonces el sueño le estará venciendo -y el orgullo también- y volverá a caer en la blandura de su añosa cama. Su último refugio, su cómplice y testigo.

Al otro lado de la línea, un ansioso hombre, esperará en vano una llamada. Maldecirá al amor. Se desvelará. Y romperá en franca desesperación cuando el periódico se deslice por debajo de la puerta incriminándolo en los titulares.

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